Este domingo 30 de junio se realizan las elecciones internas en Uruguay, y al no ser obligatorias, he escuchado a mucha gente decir que ha decidido no asistir a las urnas.
Lejos estoy, y mucho menos en esta columna, de dar clases de educación cívica a nadie, sobre todo estando en un país en el que vivo pero no puedo votar.
Pero sí me gustaría que hagamos todos un poco de memoria y filosofemos sobre lo que significa poder ir a las urnas. Después de todo, como dice Benedetti, el olvido está lleno de memoria.
Cuando yo era chica, en el Buenos Aires pre shoppings, pre celulares y pre internet, allá en la época prehistórica como dirían mis hijos, había dos cosas que todos los niños esperábamos con ansias. Los actos patrios, porque implicaban un feriado a la vista, y los días que se votaba, seguramente porque también al día siguiente no había clases.
Como vivimos en el tercer mundo, ambas cosas eran bastante escasas. Los feriados porque en aquellas épocas no existían los feriados turísticos que se pusieron de moda en la Argentina de la última década, y las votaciones, porque vivimos más tiempo de dictadura en dictadura que otra cosa.
Pero yo recuerdo, como si fuera ayer, y pasaron más de 50 años, la votación presidencial del año 1973. Recuerdo el jingle “Cámpora y Solano Lima, los hombres fuertes de Perón”, porque lo cantaba mi tío Leo todo el tiempo y lo escuchaba en la radio.
Me acuerdo de mi papá levantándose temprano para ser presidente de mesa, mi mamá vistiéndonos elegantes para visitarlo y mi emoción cuando mi padre me llevó de la mano al cuarto oscuro, que para mi sorpresa no era oscuro, para mostrarme las listas.
No recuerdo mucho que hicimos después, calculo que habremos ido a comprar pasta y a ver alguna película de Palito Ortega en casa. Si recuerdo, que a la noche vinieron unos amigos de mis padres para esperar el resultado de los comicios. Me acuerdo de la mesa frente a la tele, con empanadas, Coca para los chicos y el infaltable vino para los grandes. A mí me mandaron a la cama temprano, así que no recuerdo mucho más.
Lo que siguió después, forma parte de uno de los episodios más tristes de la historia argentina. El golpe del ‘76, los desaparecidos, la guerra de Malvinas, etcétera.Me tocó cursar todo el liceo durante la dictadura. Seguramente fue un alivio para mis padres que me tocara vivir esa época nefasta en edad de la pubertad. Mis primos, que eran más grandes, tuvieron que exiliarse fuera del país, como muchos amigos. Otros no llegaron a fugarse y fueron presos. Otros desaparecieron.
Lo más loco de eso fue que los tres primeros años del liceo, tuve una materia que era Instrucción Cívica, donde enseñaban la Constitución nacional y la forma en que se debía votar. Para nosotros era como estar asistiendo a una clase de ciencia ficción.
La otra votación que recuerdo fue la del ‘83. Por supuesto que, con casi 18 años en mi haber, milité como se militaba antes, en el bar de la Facultad, recorriendo los barrios más carenciados y cantando canciones de protesta, en las marchas callejeras que se sucedieron durante todo 1982, bajo la consigna “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.
Éramos jóvenes e idealistas. Pensábamos que podíamos cambiar el mundo y ¡vaya si lo cambiamos!. No es una pedantería de mi parte. Esa generación que votó por primera vez en los 80 y pico, acá en Uruguay y en el resto de Latinoamérica, fue la que defendió y sigue defendiendo la democracia, contra viento y marea.
Puede que no coincidamos en las ideologías. Puede que hayamos sido peronistas, radicales, comunistas, socialistas, frenteamplistas, blancos o colorados. Y puede que algunos ya no seamos nada, pero si hay algo en lo que estamos todos de acuerdo es que la democracia es innegociable.
Y ustedes, los que vinieron tiempo después, los que nacieron en libertad y disfrutan de ella, que pueden caminar con la frente bien alta en una marcha del orgullo, que pueden ponerse algo violeta para gritar “ni una menos, vivas nos queremos”, los que pueden navegar libremente por Internet, leer cualquier libro, sentarse en un banco del colegio sin ser adoctrinados, no hacer el servicio militar (que antes era obligatorio), casarse y después divorciarse, decidir si quieren o no tener hijos, acceder a una educación laica, entre muchas otras cosas que les permite la bendita democracia, a ustedes solo les pido que mañana recuerden todo eso y mucho más de toda esa libertad que tienen gracias a ella.
Entiendo que estén enojados con los políticos, que sientan que no los representan e incluso entiendo que les importe tres rábanos la política. No importa. Vayan a votar. Porque votar es un derecho que tienen todos los ciudadanos y hay que ejercerlo, porque no vaya a ser cosa que aparezca algún tarado, de esos que nunca faltan, que viendo la poca votación que se estima habrá mañana, se pregunte: ¿para qué queremos tener democracia si no la ejercemos?, y se le ocurra entonces plantar bandera en casa de gobierno y hacerse del poder con otro golpe de estado.
¡Votemos..!
Mariana Margulis





