El día 4 de junio de cada año se celebra el Día Internacional de la Fertilidad. La fecha busca visibilizar los problemas que hay para concebir cada vez más presentes en la población. Además, apunta a poder identificar el momento indicado para consultar a un especialista. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que la falta de capacidad reproductora está catalogada como una enfermedad crónica.
Teniendo en cuenta la baja tasa de natalidad que presenta nuestro país, así como la natalidad tardía que lo caracteriza, darle visibilidad a los problemas de reproducción debería ser considerado un tema fundamental porque si seguimos con esta tendencia en el próximo censo no vamos a tener a quien censar.
En el Uruguay existe una ley, la N° 19167, que aborda la Reproducción Asistida y tiene por objeto regular las técnicas acreditadas científicamente para ello, así como los requisitos que deben cumplir las instituciones públicas y privadas que las realicen. Esta ley data del año 2013 y fue puesta en funcionamiento en el 2015. Desde que su creación hasta el año 2023, se aprobaron 5.000 tratamientos por fecundación in vitro y nacieron casi 2.100 niños.
La ley se basa en cuatro pilares fundamentales de la salud reproductiva: información, compromiso, conciencia y equidad. Pareciera que información y equidad se perdieron en algún que otro recoveco del Palacio Legislativo, porque no hay mucha información disponible al respecto. En relación a la equidad, el 85% de las mujeres a las que el Fondo Nacional de Recursos (FNR) brinda cobertura son del ámbito privado y sólo cerca de 16% proviene de la atención pública. A su vez, sólo 6,44 mujeres de cada 1.000 hacen uso de las técnicas disponibles.
Pero no quiero aburrirlos en mi columna de hoy con números estadísticos, porque más allá de los números están las personas. Como algo del tema sí, dado que los trillizos nacieron gracias a un tratamiento de fertilidad asistida, me gustaría compartir algo de mis vicisitudes y experiencia.
Antes que nada, permítanme remarcar la importancia que tiene que los profesionales de la salud tengan empatía con las parejas que se acercan a pedir ayuda para poder embarazarse y la necesidad de contar con equipos profesionales formados en salud mental que asistan un proceso que es terriblemente doloroso y frustrante. Si tratar lo físico es importante, atender lo psicológico, en estos casos, se torna urgente.
Haciendo un poco de memoria y balance, a las mujeres nunca nos prepararon para la eventualidad de no poder tener hijos. Hablo de la imposibilidad de tenerlos cuando se quiere tenerlos, no hablo de aquellas mujeres que deciden por motus propio que no quieren tener hijos. Estoy hablando de aquellas mujeres que no pueden serlo porque la madre naturaleza no lo quiso, parejas con incompatibilidades a la hora de fecundar, etc.
Aunque no lo creas, la estadística manda. La Organización Mundial de la Salud alertaba ya en el 2023 que una de cada seis mujeres padece algún tema de infertilidad. Y este número va en aumento. Los datos disponibles indican que entre 48 millones de parejas y 186 millones de personas en el mundo tiene problemas de infertilidad.
Quisiera hacer otra aclaración. Cuando hablo de mujeres que padecen problemas de infertilidad, me refiero sólo a lo que sentimos las mujeres cuando nuestro deseo de ser madres se ve frustrado cada vez que nos viene la regla. No hablo de las frustraciones de los hombres, ni de otros géneros. Tampoco puedo hablar de lo que sienten parejas de mujeres o hombres homosexuales que buscan tener un hijo. No porque no los considere, sino porque no puedo opinar sobre lo que desconozco. En todo caso, puedo relatar en primera persona lo que me paso a mí. Y seguramente mi experiencia no sea igual a la de otras mujeres que pasaron por situaciones parecidas.
Conozco muchísimas mujeres que les fue muy simple, completar su deseo de ser mamá. Quedaban embarazadas con sólo míralas. Tengo una amiga que fue la excepción a la regla de todos los métodos anticonceptivos, quedó embarazada con pastillas, con preservativo y al último nene lo apodaban “diucito”.
Tengo otra amiga que a pesar de intentarlo todo, no logro quedar embarazada. Quiso adoptar y tuvo tantas dificultades para hacerlo que al final por su salud mental y la de su pareja, decidieron no tener hijos. Tienen un par de gatos precisos, Viajan mucho, y son muy felices. Y están las otras, las que hemos recorrido un largo, sinuoso y difícil camino para ser madres.
Cuando yo empecé a intentarlo, no tenía ni idea cuanto me iba a costar. Uno decide dejar de cuidarse, archiva el diafragma en el cajón o deja de tomar las pastillas y pone primera y arranca. Los primeros meses lo hace con toda ilusión, a medida que va pasando el tiempo, la ilusión empieza a transformarse en frustración y la frustración en enojo, el enojo en tristeza y así cada vez que llega la regla.
Es un círculo vicioso que se repite todos los meses, que desgasta a la pareja, agota el deseo y se convierte en un calvario a medida que los meses pasan, los años se suceden y el tiempo pasa. En el medio haces conjuros, probas todas las poses del Kama Sutra y experimentas todos los remedios caseros que la abuela, la vecina y la bruja del barrio te dan. Yo hice todo eso y mucho más.
Arrastré a mis amigas a San Cono, a San Expedito y a la virgen Desatanudos. Moví la cama de lugar porque así me lo indicó el Fen Shui, puse una hoja de ruda abajo de la almohada, dormí con las piernas para arriba hasta acalambrarme. Tome Flores de Bach, hice Yoga, bebí agua de un manantial sagrado en el Cuzco. A los 36 años, y con el reloj biológico apuntándome al corazón, decidí consultar al especialista.
En aquella época, un tratamiento de fertilidad costaba casi como una casa. Las obras sociales no lo reconocían. A la angustia de tener que encarar un tratamiento se le sumaba la preocupación de tener que tener el dinero suficiente para costearlo. No fue mi caso. Tuve un ángel de la guarda que me dio toda la medicación y me consiguió un pase libre a la mejor clínica de fertilidad de Buenos Aires donde yo residía.
Una vez que te decidís a encarar el tratamiento, hay que poner el cuerpo. Y eso no es nada fácil. Porque los estudios y tratamientos son invasivos, dolorosos, en poses incómodas y rodeados de médicos que te ven más desnuda que vestida. Tomarte la temperatura rectal todos los días para ver cuando ovulas. Tu pareja tiene que masturbarse en un lugar inhóspito, a las siete de la mañana, rodeado de revistas porno. (a lo mejor ahora cambio y te dan una tablet). Te inyectan hormonas tres veces por día, engordas, te hinchas, tu estado corporal y anímico es una bomba a punto de estallar. Y para coronar las cosas, está la culpa. No sos vos, soy yo, o si sos vos, y yo no. Y la pareja se convierte en un sube baja de emociones que arrancan el día en el consultorio inseminándote y terminan a la noche a punto de divorcio en el consultorio del psicólogo. ¿Piensas que estoy exagerando? Al contrario, te lo estoy suavizando por si algún lector/ a, está pensando en encarar un tratamiento de fertilidad algún día.
Si tuviste la dicha de sobrevivir a varios intentos, que el tratamiento diera resultado y quedas embarazada, es muy probable que tengas un embarazo múltiple. Es lo normal, dada la gran cantidad de hormonas que te dan, la cantidad de veces que ovulas y que, en cada inseminación, te transfieren más de dos o tres embriones. Y si bien desde el inicio del tratamiento sabías que eso iba a pasar, del dicho al hecho, hay un largo trecho. De no tener nada a tener mellizos, trillizos o cuatrillizos, es mucho. Así que un día, te llaman de la clínica te dicen que el análisis dio positivo, que estas embarazada y que probablemente sea más de uno. Y vos lloras, de emoción, de felicidad y también de miedo. Miedo a perderlos, porque un embarazo múltiple tiene muchos riesgos para la mama y los bebes; miedo a que algo no esté bien, miedo al miedo, potenciado al cuadrado, o al cubo, conforme te haya tocado la suerte.
Si me preguntas hoy si tanto dolor, tanta molestia, tanta hormona en mi cuerpo, valió la pena te digo sin dudarlo que sí, que valió la pena. Pero yo tuve mucha suerte y el resultado fueron tres hijos maravillosos, que en un mes cumplen 21. Y sé que es una frase hecha, pero son sin duda, lo mejor que me paso en la vida.
Sin embargo, hay otras mujeres que no tuvieron mi suerte. Y abandonaron la lucha a mitad de camino. Tal vez, decidieron adoptar o simplemente decidieron que era mejor no tener hijos. Va toda mi admiración para con ellas. Porque conozco de sus tristezas, de sus rabias, de sus dolores y de su frustración. Su cuerpo, su decisión.
Tener un hijo es algo hermoso. Más fácil sería que germinaran como un poroto. Pero gracias a la fertilización asistida, hoy por hoy, andan por el mundo millones de cigüeñas trabajando día a día para que muchas mujeres puedan cumplir su sueño de ser mamás.
Vaya en esta nota mi homenaje a todos y todas las que hacen posible.
Mariana Margulis para Colonia Multimedia





