La del título es una cita latina que proviene de “Las Sátiras de Juvena”, del año 365. La cita completa es “Orandum est ut sit mens sana in corpore sano”. De por sí, se atribuye a los griegos, pero esto es incorrecto. La frase aparece por primera vez en la Sátira X del cómico Juvenal. En la Roma imperial la frase era tomada como una broma. Pero parece ser que no lo es tanto. Todos sabemos que practicar cualquier tipo de actividad física es buena para el cuerpo, pero mucho más para la mente y me atrevo a decir que también lo es para el alma.
Pero qué nos pasa a la mayoría de las mujeres que, a pesar de reconocer los beneficios de la actividad física en nuestra triada cuerpo-mente-alma, nos cuesta tanto conectar con la actividad física. No digo todas, porque hay siempre hay alguna que otra excepción a la regla, pero por lo menos a las que me rodean, les pasa bastante seguido.
El otro día le hice una nota a Claudia Fernández en la radio y me contó que se levanta a las 5 y media de la mañana y que a las 6 está en el gimnasio todos los días del año, llueva, truene o haya un tsunami. Es obvio que le da resultado, convengamos que se la mire por donde se la mire, es una diosa, griega, romana o la que más te guste, pero diosa al fin.
A menos que tu cuerpo sea tu instrumento de trabajo, y lo digo en el buen sentido, como modelo, actriz, profesora de educación física, el simple hecho de dejar la cama calentita para ir a entrenar a las 6 AM te convierte en un ser atípico, casi te diría que una extraterrestre. Y lo mismo se aplica cuando volvés a tu casa después de una jornada de 8 horas de trabajo. A la que me diga que salir caminar por la rambla a las 8 de la noche, en pleno invierno, le hace bien a la cabeza, en vez de quedarse sentada mirando el fuego en pijama y pantuflas, que me disculpe, pero no le creo.
Así que, la nota de hoy, tiene como tema nosotras y la actividad física, y pretende echar un poco de luz a este dilema que se nos presenta a las mujeres +30 de por qué nos cuesta tanto salir de esa inercia que pareciera nos atrae como un imán a la hora de encarar una actividad física cualquiera. Y hablo de mujeres de +30, porque a las -30 no les cuesta nada. Si salen en pleno invierno con una mini y un top a las 4 de la mañana, menos les va a costar ir al gym cuando vuelven de bolichear.
Para que vean que no estoy delirando, hice una encuesta, casera, artesanal, nada de algoritmos raros, ni prestigiosas consultoras. Le pregunté a mis amigas, conocidas y vecinas, si les costaba salir de su casa para hacer cualquier tipo de actividad física con la llegada del otoño. El 50% me contesté que les cuesta horrores, pero se obligan a hacerlo, aunque sea dos veces por semana. Un 20% lo intentan y les sale a veces sí y otras no. Un 10% son de las que van al gimnasio cueste lo que cueste. El 10% restante ni siquiera intenta levantarse del sillón.
Con los resultados de esta encuesta, me puse a buscar en el cyber espacio alguna razón para que esto suceda, traté de encontrar un motivo de por qué a nosotras nos cuesta tanto hacer ejercicio y a los hombres no tanto. Vayan aquí algunos de los resultados.
Está comprobado científicamente, que los hombres realizan mayor actividad física, en proporción, que las mujeres, pero hay diversos factores que pueden explicar por qué ocurre esto. Por un lado, físicamente, a los hombres les rinde más el ejercicio que a las mujeres. Esto puede parecer desmotivante, pero es una realidad. Las mujeres tenemos por lo regular más grasa qué quemar y mayor agua retenida, debido a nuestros procesos hormonales, mientras que a los hombres se les nota más el ejercicio que ejecutan, por la producción de andrógenos que incrementan el crecimiento de sus músculos. Además, por la misma carga hormonal, los hombres tienden a ser más competitivos o agresivos, y esto, históricamente, suele educarse o canalizarse a través de un deporte, desde edades tempranas.
Por otro lado, ocurre que socialmente, por estereotipos de género, se espera un mayor y mejor desempeño físico en hombres que en mujeres. Desde pequeños, de los varones esperamos mayor movimiento o motricidad, mientras que, en las mujeres, el deporte no es algo que se incentive, de hecho, es esperado un pobre rendimiento o un crecimiento menor al del varón a lo largo de nuestro desarrollo, incluso en ambientes escolares, y aún no se conoce con precisión cuál es el peso que tiene este efecto Pigmalión (comportarnos inconscientemente de acuerdo a las expectativas sociales) sobre nuestra salud.
Pero también influyen otros aspectos como los culturales que forman nuestra mirada hacia el deporte y la actividad física. Existe la influencia que ejercen los medios de comunicación, en la que los cuerpos femeninos estereotipadamente bellos distan mucho de lo que vemos en nosotras o lo que creemos que podemos alcanzar, y esto, genera una sensación de derrota por adelantado. Y, además, tenemos escasos modelos cercanos de mujeres que acostumbren a hacer ejercicio, de modo que recurrimos a modelos de mujeres que sí se mantienen delgadas o en su peso, pero no necesariamente a través del ejercicio, sino con productos o servicios que requieran menores esfuerzos, como las cirugías o consumir los llamados “productos milagros”
Esta última teoría, se une con el principio de mi nota, cuando les puse el ejemplo a Claudia Fernández. Si yo tengo que creer, que a los 47 años tiene ese cuerpazo, sólo haciendo una hora de gym por día a las 6 de la mañana, mejor me quedo en la cama, porque nunca lo voy a lograr. Tiene que haber mucho más que una hora de entrenamiento por día, detrás de eso. Seguramente haya mucho de “productos milagrosos”, masajes reductores, electrodos, alguna que otras cirugía, y seguramente mucho de genética, que en mi caso, y en el del 90% de las mujeres que conozco, no tienen.
Sin embargo, como bien dijimos al principio, la actividad física es una práctica que contribuye a la salud pública, pues está evidenciado que reduce la frecuencia con la que aparecen enfermedades crónico degenerativas, pero, además, en el caso de las mujeres, se ha observado que se asocia a una reducción considerable de cánceres y, en la salud mental, genera una mayor resiliencia, es decir, un incremento en la capacidad de afrontar el estrés y las adversidades diarias.
Estaría bueno que, más allá de todo autocritica, cada vez que nos autoflagelemos cuando no arrancamos con nuestra rutina de actividad física, cuando el sillón nos devora, nos pongamos de pie y nos repitamos como si fuera un credo las siguientes frases.
“No hago actividad física para tener el cuerpo de Pampita. Con suerte, lograré bajar, con una hora de gimnasia, el plato de ravioles con tuco que cené anoche”.
“Si practico algún deporte, a esta altura de mi vida me conformo con lograr embocarle a la pelota (de tenis, de paddle, o de hockey) y agradezco que aún tengo algo de visión para hacerlo. Y si caigo, lo hare de la mejor manera posible evitando quebrarme la cadera, que, a nuestra edad, es un viaje de ida”.
“No necesariamente debo sufrir frio, calor, lluvia o tempestades para hacer ejercicio. Los días que está feo, no salgo. Hay aplicaciones de ejercicios gratuitos que están muy buenos (algo que nos dejó de positiva la pandemia de Covid) o sino, los videos de Jane Fonda de los años 80 están disponibles en YouTube y mirá lo bien que esta la lady a sus 90 y pico con esos ejercicios.
Por último, y lo más importante: “Las mujeres necesitamos de compañía, tanto para compartir los logros que alcanzamos, como para darnos realimentación a la hora de fracasar y volver a empezar. Personas que pasen por nosotras para ir a caminar, que nos motiven a continuar, que nos apoyen con el cuidado de los hijos, nietos, o mascotas, mientras hacemos ejercicio, o que nos contagien de sus hábitos saludables, las necesitamos junto a nosotras”.
Así que, queridas lectoras, yo estaré encantada de que alguna de todas ustedes sea mi fuente de inspiración para ponerme en movimiento y profundamente agradecida si alguna quiere pasar a buscarme para salir a caminar por la Rambla. Eso sí, nunca a las 6 de la mañana.
Mariana Margulis para Colonia Multimedia





