El 23 de enero de cada año, se celebra en el mundo entero el Día de la Libertad, con la finalidad de enaltecer la importancia de este derecho universal. La fecha escogida está relacionada con algunos hechos relevantes que acontecieron en nombre de la libertad, venciendo a la esclavitud y la opresión.
Un 23 de enero de 1954 unos 22.000 prisioneros de guerra chinos, soldados de los ejércitos comunistas apresados en Taiwán, no quisieron ser repatriados a su país. Ganaron su libertad, gracias al trabajo en conjunto en la zona de guerra de Corea.
Con esta celebración se pretende resaltar una modalidad de pensamiento y de acción, de vital importancia para los individuos y las sociedades de todo el mundo.
La libertad es la capacidad que tienen las personas para actuar por su propia voluntad. La opción y la capacidad de elegir es un bien preciado, tener libertad de decisión es un desafío ya que implica ser responsables, no solo para con el otro sino también para con uno mismo; pero también se necesita de valor y coraje. Y tal vez esto sea muy fácil de decir, pero no tan sencillo de llevar a la práctica.
¿Hasta dónde podemos negociar nuestra libertad y cuál es el costo que debemos pagar por ella? Me gustaría dejar en claro en esta columna, que no estoy hablando de libertades políticas sino de libertad de acción. A veces, el costo que debemos pagar por ser libres es tan alto que no llegamos a disfrutar de esa tan preciada y esperada libertad; algunas veces nos toca renunciar a nuestros derechos conquistados a lo largo del tiempo, con tal de vivir en paz e intentar ser un poco más felices. Y hay otras que simplemente la actitud del otro no nos deja la posibilidad ni siquiera de elegir.
El año pasado, y a raíz de la canción que se hizo tan famosa de Shakira cuya letra decía “las mujeres ya no lloran las mujeres facturan”, yo discutía este tema con alguna amiga feminista al respecto. Le decía que es muy fácil, hablar de “no llorar y de facturar” cuando tenes varios ceros en tu cuenta bancaria, varias casas adonde mudarte y un avión privado para transportarte a 10.000 km de la persona que te hizo daño.
Para decirlo en otras palabras, elegir ser libre, cuando tienes un lugar de poder desde donde hacerlo es una cosa, pero no siempre es posible. Y sino pregúntale a cualquier mujer cuyo marido la engaña, la maltrata, o la violenta (en cualquiera de todas sus formas) pero no tiene los recursos ni financieros ni logísticos, para poder alejarse de esa persona que la maltrata qué opina sobre la letra de la famosa canción. Tal vez esa mujer tenga el valor y el coraje para elegir ser libre pero no disponga de los recursos necesarios para hacerlo. Como dije, a veces, llenarse la boca hablando de libertad, es una cosa, llevarla a la práctica es otra muy diferente.
Ser libres debe ser un derecho de todo ser humano, basado en el respeto por el otro, el que está enfrente, sin importar su ideología, su religión, su sexo o su color de piel. Para decirlo en castellano, mi libertad empieza y termina donde empieza la de otro. Y donde el libre albedrio, en tiempos de globalización y digitalización es casi una utopía. Borges hablaba del libre albedrío como una ilusión en una entrevista que le hicieron hace muchos años atrás: “Yo creo que el libre albedrío es una ilusión necesaria. Pero necesitamos esa convicción de algo, quizás falso, para vivir. Es decir, tenemos que pensar que elegimos. Es decir, posiblemente seamos piezas, pero tenemos que pensar que somos los jugadores que mueven esas piezas.”
Cierro esta nota con una reflexión de la entrevista sobre la libertad que le hicieron a Borges que me gustó mucho y que nos da para pensar un poco más sobre el tema: “Nosotros nos sentimos libres y quizá baste con ese sentimiento de libertad. Algún día sabremos, o quizás nunca sepamos si hemos sido libres o no…”
Mariana Margulis
