Tuve el privilegio, junto a otro par de miles de espectadores, de ver a Jorge Drexler en la remozada Plaza de Toros del Real de San Carlos. Creo no equivocarme si les digo que, el del sábado, fue uno de los shows más lindos y más emotivos que vi en toda mi vida, y eso que afortunadamente he visto muchos. Fue una noche salida de una postal, en un lugar único, el cielo absolutamente despejado y plagado de estrellas, y con una luna cómplice, que casi llena, se sumó como increíble telón de fondo.
Drexler pisa el escenario, la Plaza aplaude de pie y se inicia inmediatamente la magia. Y silencio, respetuoso y profundo silencio, cada vez que el artista y sus músicos tocan y cantan.
El espectáculo comienza con un audio en la que astrofísica Alejandra Melfo, prima de Jorge, explica en parte por qué la ciencia no es exacta y se pregunta quién podría hacer rimar la palabra “mesoproterozoico” en una canción. Jorge puede y lo hace.
Estoy sentada a pocos metros de él, quien viste todo de blanco y con el rostro de una figura etrusca estampada en su remera. Jorge se pregunta si él o si ella, será hombre o será mujer, y mientras él en realidad no le da mucha importancia al género de la figura, yo intento recordar la importancia de los etruscos en la historia de la humanidad.
Además de su evidente papel como vínculo cultural entre el mundo griego y la antigua Roma, quizás el legado más duradero de los etruscos haya sido el realismo que intentaban alcanzar en sus retratos. Su arte es lo suficientemente honesto como para revelar los defectos físicos del individuo y existe un claro intento por parte de sus artistas de ilustrar la personalidad única del individuo. Es entonces, en ese momento, que entiendo por qué Jorge eligió esa estampa en su remera. Porque Jorge es un artista honesto y no intenta disimular sus defectos. Y los manifiesta en cada letra, en cada melodía y en cada canción.
Habla con la gente y cuenta que está nervioso, que lo pone nervioso tocar en su país. Es entonces, en ese momento, que me pregunto cómo puede estar nervioso el hombre que caminó por el centro de un auditorio plagado de renombradas estrellas en el año 2005, para recibir un Premio Oscar a la Mejor Canción Original por “Al otro lado del río”, cantando a capela el estribillo, solo, frente a la multitudinaria audiencia, en una suerte de rebelde reivindicación que nos enorgulleció a todos. Y en ese momento pienso en mí, y en las veces que extrañamente nerviosa miré esta orilla desde la de enfrente y me tranquilicé cantando “creo que he visto una luz, al otro lado del río”.
Lo vuelvo a mirar a Jorge, a escasos metros de mi cantando “Deseo”. Lo escucho hacerse la pregunta sobre “dónde termina tu cuerpo y empieza el mío” y comparte con nosotros su secreto: el deseo se transforma en amor y el amor, a través de los años, ya no son esos dos cuerpos que se confunden en uno solo, son dos cuerpos que se eligen se respetan y sobre todo mantienen su individualidad.
Siento como mi compañero me acaricia la mano y me emociona pensar en que nosotros también logramos transformar dos medias naranjas, bastante incompletas, en dos individuales a veces muy distintas y a veces tan iguales.
Jorge habla de sus raíces judías y canta “El pianista de del gueto de Varsovia”. Y habla de la guerra, del holocausto y del horror de las guerras. Yo pienso en mis bisabuelos, judíos ellos, que escaparon de Rusia, y de los hijos de mis primos, que están luchando en Gaza, y en el hecho de que en todos estos años no aprendimos nada. Tal vez hagan falta unos cuantos miles de Jorges por el mundo cantando la “Milonga del moro judío” para que esa guerra absurda se detenga de una buena vez.
Miro a Jorge bailar en el escenario al ritmo de “Bailar en la cueva”, y recuerdo a Jorge bailando hace pocos días, descalzo en la arena, con la música de Paula, su hermana, y los tambores de sus amigos, esos músicos maravillosos que lo acompañaron a el y a su hermano Daniel en una utopía atlántica, en el atardecer de la playa La Serena, allá en La Paloma.
Es el mismo Jorge gozando, como el niño que fue alguna vez, en esas mismas playas de Rocha, y me veo a mi misma cada verano cantando en el auto “yo ya no estoy aquí, voy camino a La Paloma”.
Y pienso en mis hijos, creciendo y jugando en sus dunas, esas mismas dunas y ese mismo cielo, que Jorge pide ahora que cuidemos y protejamos, porque de eso se trata su próxima utopía, de cuidar las dunas y de logar que se apruebe la iluminación especial que nos permita ver sus noctilucas. “Y de pronto, al mirar el mar, vi que el mar brillaba, con un brillar de noctilucas”, dice en una de sus más hermosas canciones.
Jorge canta todo se transforma, “cada uno da, lo que recibe y luego recibe, lo que da”, y Jorge lo ha da todo y yo espero que nosotros, su público, le hayamos devuelto el sábado un poco de todo lo que él nos ha regalado con su alquimia de transformar, de dar y de recibir.
Jorge se despide dándole las gracias a Colonia y yo le digo, silenciosamente en ese momento, y ahora públicamente, que los agradecidos somos y seguiremos siendo nosotros.
Por Mariana Margulis para Colonia Multimedia.
Fotos gentileza de Matías Vardacosta para Colonia Multimedia.
